Leara

He vuelto.
Sí, después de ¿cuánto? ¿2, 3 semanas? Supongo que me habréis echado de menos (aunque no creo que demasiado) El libro en cuestión que me ha sumido en tal letargo no ha sido otro que Ponche de Ácido Lisérgico del ilustrísimo señor Tom Wolfe.

No, no es lo que estoy acostumbrada a leer, lo sé, pero ya que me estuve rascando un poco las narices para los test de actualidad, pues no he tenido más remedio que chuparme un libro que no empezó con demasiado buen pie y del que he tenido que hacer una recensión de 16 páginas.

Este libro me ha decepcionado/aburrido tanto que no podréis odiarme cuando me limite a hacer un copy/paste de mi RECENSIÓN nada objetiva (desde cuando una de mis críticas lo son). Aunque por otro lado es bastante amena.


PONCHE DE ÁCIDO LISÉRGICO



Estoy tan segura de que no he sido la única que en más de una ocasión del libro ha echado mano del móvil para intentar telefonear a su camello que incluso sería capaz de hacer una locura y apostarme cualquiera de mis libros que tengo en la estantería. Lo único malo de todo esto, -o posiblemente lo mejor, si lo miramos desde una perspectiva sana y racional –es que nunca he tenido ni el tiempo ni el interés de hacerme con tal número, a pesar de que en estas últimas semanas Wolfe ha hecho que me arrepienta mucho de eso.
El terminarme este libro se convirtió en algo demasiado personal, Wolfe no iba a convertirse en un Tolkien más en mi cortísima lista de escritores que han conseguido vencerme. A pesar de las largas cabezadas que el libro me ha producido, de lo interesante que de repente se volvió el vuelo de la mosca o de que incluso las páginas se empezaron a deshacer entre mis manos, literalmente, conseguí acabármelo, con más pena que gloria, todo hay que decirlo, pero acabado al fin y al cabo.
La mayor desilusión que me he llevado con él es que en las primeras cuarenta páginas Wolfe promete un relato excitante de sexo, drogas y rock and roll, algo para lo que siempre saco tiempo y ganas, pero lo único que te da es drogas, drogas, drogas y alguna que otra canción vieja de Bob Dylan. La ilusión con la que se empieza el libro va menguando progresivamente a medida que comprendes que más que un libro sobre la libertad, la revolución o, incluso, sobre un tipo pirado pero que fue un genio, no son más que las andanzas de un grupo de piojosos demasiado colocados de LSD como para saber siquiera cuantos ojos tienen en la cara.
Aunque quizás esté siendo demasiado dura y poco objetiva, ya destriparé bien y a gusto el libro en mi blog. La primera dificultad viene en cómo debo juzgarlo. ¿Debo guiarme por su forma de novela y guiarme por los patrones que uso para la novela? O, y me da que tendré que hacer un esfuerzo y guiarme por esta, ¿no perder nunca de vista que es un relato periodístico con más adorno del estrictamente necesario?
Ponche de Ácido Lisérgico o The Electric Kool-Aid Acid Test, no sé que se andarían fumando los traductores cuando titularon en español el libro, es una obra que, como mínimo, te entra por los ojos. Una portada de un amarillo chillón y con el dibujo de un autobús recién sacado de un episodio de Los autos locos lleno de colores y formas extrañas.
Mi primera opción de la lista para el trabajo era La Canción del Verdugo. Algo que tenía el mismo título que uno de los mejores arcos argumentales que alguna vez haya escrito Marvel tenía todas las papeletas de convertirse en objeto de mi interés, hasta que alguien me sugirió amablemente que devolviera el libro al sitio de dónde había salido sino quería morir de aburrimiento. Y a partir de entonces la elección del libro se convirtió en “la caza del primer libro que haya en la tienda”. La mujer de la caja incluso empezó a mirarme mal, la clienta detrás de mí no hacía más que toser de una forma un tanto sospechosa y cuando ya estaba a punto de salir de la tienda escuché: “Espera, sí, tenemos ese libro en la otra tienda”. Y yo, inocente de mí, salí de allí más feliz que una lombriz.
«Un libro asombroso. Es al movimiento hippie lo que Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, fue para los movimientos de protesta contra la guerra de Vietnam», decía un tal C.D. Bryan del The New York Times en la contraportada. Y yo le creí ciegamente. De hecho me sentía bastante afortunada. La vida de Ken Kesey autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, debía de ser bastante interesante y más si se le sumaban persecuciones del FBI y ese aire tan bohemio y libre al que se asocia el movimiento hippie. Un golpe de suerte, como dirían algunos. Un golpe de suerte que me duró exactamente 216 páginas.
El principio del libro es bastante bueno.
Tom Wolfe comienza directamente sumergiendo al lector en una escena tan rápida y desorientadora, que ni siquiera es capaz de reaccionar cuando la escena ya ha cambiado un par de veces más y los personajes empiezan a desbordarle. Sólo quieres leer, seguir adelante, intentar comprender.
¿Que Ken Kesey ha hecho qué?
¿Que los “Alegres Bromistas” son quienes?
¿Que de verdad viven con un autobús pintado de colores fosforitos y lleno de cables por todos lados? ¿Por qué?
Si tuviera que explicar sencillamente qué ha sido para mí este libro, no sería muy fácil. Un símil fácil que hasta yo sería capaz de comprender: una noche de juerga con las amigas. Por raro que suene así es, e incluso hasta tiene su lógica.
En este pequeño teatro, Tom Wolfe haría el papel de camarero amigable con intenciones ocultas que hay en todos los bares. Tras la barra, vería acercarse a sus próximas presas. “Tomad chicas, a esta ronda invito yo”. Y cuando te quieres dar cuenta, la ronda se ha convertido en cinco chupitos de tequila uno detrás de otro. “No os olvidéis de la sal y el limón, de esa forma podréis tragaros mejor las páginas y páginas en las que no hago más que repetir una y otra vez la misma canción”. Y al principio todo son risas y exaltación de la amistad. Que si en realidad no está tan mal, que si la historia tiene su gracia, que si Kesey era un tipo cojonudo… pero a medida que las páginas van pasando, es inevitable el bajón etílico y empieza el verdadero problema: que si tu voz es demasiado estridente, que si tu prosa es demasiado rebuscada y ornamentada, que si lo único que quieres es venderme un libro de 467 páginas que fácilmente podrían reducirse a 150 y lamentablemente para ti a mí todo esto ya me está empezando a dar sueño…
¿El resultado?
Te despiertas una mañana (cierras el libro) con cierto embotamiento en el cerebro y alguna que otra laguna mental y de lo único que te alegras es de que lo único que has perdido esa noche sea un pendiente de ese par que tienes y tantísimo te gusta y un tiempo que nadie te va a devolver y podrías haber aprovechado en otra cosa sólo si hubieras sido lo suficientemente sensata como para haberte elegido un libro mucho más fino y de un autor con muchas menos pretensiones que Wolfe.
Así, a grandes rasgos, Ponche podría fácilmente resumirse en: chico americano de pueblo con una inteligencia y un carisma que se sale de lo normal empieza a tontear con el LSD y lo que empezó como una práctica individual se convierta es una especie de éxodo cuasi religioso dónde Kesey es el nuevo mesías y el ácido lisérgico el éxtasis de fe que te acerca a Dios y libera tu alma de la condenación de la carne y las leyes de la física. Pero claro, eso se cuenta en apenas cinco líneas de Word.
¿El resto?
Dios está en los pequeños detalles.
La personalidad de Kesey no es tan fascinante en sí misma sino en lo que es capaz de hacer a la de los demás. En las primeras páginas ya sabes que un tal Ken Kesey está a punto de salir de la cárcel, que ha sido un fugitivo de la justicia y que si ahora mismo va a salir del trullo es porque sus amigos han llegado, incluso, a hipotecar sus casas para poder pagar la fianza. Después de esto, por supuesto, no puedes evitar pensar en la gran persona que debe ser el tipo como para que tanta gente ponga en riesgo su propio hogar. En fin, ha estado prófugo antes, ¿por qué no iba a hacer lo mismo ahora? ¿De dónde sale toda esa confianza? ¿Esa fe ciega en él? Y claro, ahí viene la curiosidad, el propósito de Wolfe cuando sólo dice lo estrictamente necesario, la razón por la que vas a seguir leyendo el libro y conociendo a una fauna humana de lo más pintoresca.
Otro suceso también bastante reseñable del libro es el crossover con Los Ángeles del Infierno. Hunter Thompson fue mi primera opción. ¿Tíos enormes, sucios y violentos recorriéndose toda Norteamérica con una Harley entre sus piernas? ¿Quién podría resistirse a eso? Yo no, pero mi gozo se fue directo al fondo del pozo cuando me enteré que estaba descatalogadísimo en la editorial. Pero bueno, Wolfe me ha dado una ración de Ángeles del Infierno sudorosos y borrachos más que suficiente.
Incluso los indomables salvajes del infierno quedaron eclipsados por Kesey. La Honda, el lugar donde ahora vivían los Alegres Bromistas, quedó invadida por Harleys y tíos con barbas de meses y modales de la época del cromañón. Y aún así no hubo demasiado que lamentar. El LSD los unió a todos en hermandad y los invitados gozaron, además, de una mujer con un furor uterino un poco incontrolable.
«La fiesta de los Ángeles del Infierno aún duró dos días más y la policía no llegó a moverse de su sitio. Todo el mundo –Ángeles y Bromistas –disfrutó de un tiempo en paz, sin peleas ni cabezas rotas. Había habido una sesión de sexo múltiple con una chica, pero era ella quien se había prestado. Era su película.» (pag. 187)
Bendita ignorancia y calentón continuo que te hacía despreocuparte por completo de esas estúpidas y “nada importantes” enfermedades de transmisión sexual. Lo único que importaba era estar encima de la ola de ácido cuando te viniera un orgasmo y otro y otro y otro más.
En cuanto a la parte técnica, el estilo de Wolfe es demasiado recargado (le dijo la sartén al cazo), cosa que me gusta, pero llega a ser tan repetitivo que se hace cargante y a veces odioso. En las Notas del Autor al final del libro, Tom Wolfe aclara que lo hizo todo tan místico porque quería trasmitir las sensaciones que sentían todos los Bromistas cuando estaban en sintonía y me parece algo loable, las siete primeras veces. A partir de ahí, es abuso.
Una de las cosas más curiosas con las que me he topado es que Kesey nunca dio su aprobación a la visión de Wolfe, que consideraba superficial y ajena al espíritu de los hechos.
¿Recomendaría este libro a alguien?
Quizás. Sólo si esa persona no me cayera demasiado bien.
Y algo que siempre hago cuando doy mi (modesta) opinión sobre cualquier libro:
LO MEJOR: Furthur, el autobús hortera, que sólo de mirarlo debía conducir irremediablemente a la locura.
LO PEOR: Esos pobres niños revoloteando entre tanto loco y colgado. Ah, y esa película de más de cuarenta horas que grabaron en sus múltiples viajes en el autobús recorriéndose América. Eso sí que debía de ser algo intragable.
4 Responses
  1. Falco Says:

    Esta reseña es para enmarcarla, lo que me he divertido leyéndola.
    Falco


  2. Falco Says:

    Oye, gracias por pasarte por mi blog sobre política, no te preocupes, no suelo mezclar churras con merinas (que no voy a mezclar el blog sobre libros con el otro, me explico).
    Pues si la recensión del libro de Wolfe es más extensa, sí que te inspiró el libro.
    Espero la próxima.


  3. Ja, ja, ja!
    Muy divertida, la reseña... Ya era hora de que alguien pusiera a Tom Wolfe un poquito en su sitio...
    Un saludo!


  4. July Says:

    Por lo que he leido veo que no estas en sintonia y no estas en el autobus... pero tu te lo pierdes... no hablo de que te metas LSD y participes en orgias ni nada de eso , la intencion de Kesey va mas mucho mas haya de eso


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